Decididamente
mi muerte no va a ser causada por un triple salto mortal de una
litera, cosa a la que reconozco le he cogido cierto gusto, no. Me voy
a morir de asco. En el National Geographic te enseñan cómo conviven
las especies en su propio entorno: nacimiento, reproducción, muerte
y todo aquello relacionado con la cadena alimenticia de las narices.
Pero... ¿Cómo se desenvuelven en nuestro entorno, en el mío, en el
tuyo? Por Dios que alguien me lo explique. ¿Cómo puede ser que
apenas llevo diez días en el rancho y he tenido que pelear con uñas
y dientes con ratones, serpientes, tortugas, ranas...? Y eso por no
volver a tocar el recurrente tema de los insectos, que no se limitan
a mayates, catarinas, moscas y mosquitos, este es el dichoso paraíso
de los entomólogos!!!
Cuando
llegué todo estaba en una terrible calma chicha. La tierra después
de meses y meses de sequía, sólo daba como fruto ráfagas de blanco
tepetate que se te metían por todos los poros del cuerpo, y que
cubrían los enseres domésticos de una blanca pátina de polvo.
Pero… ¡Que poco me duró la dicha!
Al
día siguiente cacas diminutas volvieron a aparecer por la encimera
de la cocina.
–Me
voy a ca… en todo lo que se menea.
Manos
a la obra, ya conocéis el procedimiento a seguir: Javier, tebeos, y
mucho veneno.
Al
día siguiente ya no había rastros, inspiré tímidamente, temerosa
de lo que estaba por venir. Por la tarde, cuando Rosi terminó su
jornada y se dispuso a irse, escucho mi nombre.
–Rebeca
¿Puedes venir? –Me pregunta desde la terraza.
Nada
más verme, no habla, estira su brazo, saca su dedo índice y me
señala una masa grisácea y viscosa como de un metro y medio de
largo: Chabela. Yo ya sabía de su existencia, hay un enorme agujero
debajo de mi casa donde me contaron que vivía. Y no, no es lo mismo
saberlo, que verlo. Sé que existen los tigres de bengala y nunca los
he visto, pero a la vista de los acontecimientos no tardan en
visitarme.
Chabela es una víbora, no una culebra o una serpiente de
campo, sino una VÍ–BO–RA. Estuve a un tris de perder el
conocimiento.
–¡Ay
Ale!!! ¡Ay Aleeeeeee! –Me lamentaba por teléfono.
–¿Qué
pasa ahora chiquitina?
–¡Chabela
ha salido!
–¡Qué
bueno chica! Ya no te tienes que preocupar por los ratones.
¿Esa
es la solución? ¿De verdad? Qué alivio, o sea, que si veo a la
serpiente no tendré ratones, pero a lo mejor me quedo sin hijos.
Claro que siempre puedo invitar a los perros a que se orinen en la
terraza, porque si están los perros, no sale la serpiente ¡Que
divertido! Y yo pagando por vivir emociones fuertes en Isla Mágica
¡Si seré tonta! ¡Sólo tenía que volver a México!
Pero,
como estaba contando, llegaron las lluvias, y con ellas… Antes de
resolver la duda necesito plantear algunas preguntas: ¿Cuánto tarda
el periodo de reproducción de las hormigas? ¿Y de las ranas?
¿Cuántos huevos ponen exactamente todas y cada una de las especies
que habitan la naturaleza? Porque más tarde o más temprano me
encontraré con todas, lo sé.
Lo
dicho, con la llegada de las lluvias, todo lo que estaba acechando en
la más absoluta invisibilidad salió a la luz. Lo primero fue que al
levantarme y otear en busca de enemigos, me encuentro un prototipo de
arácnido desconocido por mí, dentro del fregadero. ¿Qué es esto?
–me pregunté– ¿Es un escarabajo de patas largas, una araña sin
red, un artrópodo reducido? El desconocimiento me mata.
–Ale,
¿Puedes venir a la cocina?
–¿Para
qué?
–Para
que me des el nombre y los apellidos de nuestro nuevo visitante.
Llega,
escudriña y concluye –Es la madre del alacrán.
–¿De
qué alacrán? ¿Dónde está su hijo? ¿Por qué lo busca en mi
fregadero?
Tantas
preguntas sin respuesta… Resulta que este bichejo es una especie de
araña muy venenosa que han emparentado en primer grado de
consanguinidad, con los alacranes. ¡Qué alegría mañanera! Mejor
me voy a bañar y con eso me despejo. Nada más retirar la mampara de
la ducha, lo veo, me da los buenos días con sus enormes ojos
saltones, y su piel húmeda y viscosa, mientras infla y desinfla el
buche. Cierro sin contestar y vuelvo a buscar a mi marido.
–Aleeeee,
¡Qué asco, de verdad! ¡No puede ser! ¡Un enorme sapo en la
regadera!
–Será
una rana.
–A
mi me enseñaron que se diferencian por el tamaño, y esto es un
sapo. ¿Por dónde entró? ¡Sácalo por favor!
Lo
que me preocupa no es el sapo, sino si su mamá también vendrá a
buscarlo, por que si así es el hijo, yo no quiero que me presenten a
la progenitora. Y ¿Por dónde entran? ¿O es que mi cuarto de baño
ha desarrollado las óptimas condiciones para la cría de rana en
cautividad? Si es así, déjenme un minuto para que llame a los
franceses, esto es para ellos un paraíso culinario.
Me
voy a la oficina a despejarme un rato. Mari está en la puerta
tirando el agua de limpiar el suelo por una rejilla que hay justo en
frente. Me paro en la puerta y observo el agua desechada, parece
hervir. Pompas, pompas y más pompas salen de la mezcla. Me agacho
¿Qué es eso? Cuando el efecto del jabón se pasa, veo la causa del
movimiento, no es agua lo que hay al fondo, es una sopa sólida. Rana
sobre rana, intentando salir del desagüe para conquistar nuestros
espacios. Decididamente esto va a acabar conmigo, no puedo, me muero
de asco.
–¿Por
qué no engordas en México que estás más tranquila? –Me
preguntan los que dejo al otro lado del charco.
–Porque
el asco me tapona la glotis.
¡Socorro!
Y yo me quejaba en Sevilla por las cacas de perros que inundan los
caminos. Adoro las cacas, son inertes y sólo las transportas a tu
casa de forma voluntaria.
Pero
ahí no acaba la cosa: Raquel me cuenta que limpiando ha encontrado
en las habitaciones, cuatro madres de alacrán, y me surge una nueva
pregunta ¿Cuántas madres tiene el alacrán de las narices? ¿Tienen
que vivir todas conmigo?
Por
la tarde, cuando los niños se levantan de la siesta, salimos a la
terraza (porque están los perros y así no hay peligro de que salga
Chabela) y vemos otro animalito en el césped que hay delante. Me
alegra descubrirla, esta no va a correr, no se me va a subir por las
piernas, no se me cagará en la encimera, no le picará a mis hijos,
es una tortuga.
–¡Mirad
niños! Una tortuguita.
Lo
de “ita” es un decir, mide casi 20 cm de diámetro, pero es
inofensiva. Cuando nos estamos acercando para verla, aparece en el
horizonte el coche de mi marido, que ya regresa del trabajo. Nos ve
acercarnos a nuestra amiga, baja la ventanilla, saca la cabeza por el
hueco y grita –NOOOOOOOOO.
–Ay
Ale, sólo es una tortuga.
–¡Por
eso! están llenas de bacterias, es muy peligroso que los niños la
toquen.
Lo
que me faltaba.
Pero
tampoco quedó ahí la cosa, sino que para satisfacción de los
entomólogos, con las lluvias, la tierra se abrió en enormes
cráteres de los que salían infinitas formaciones militares de
hormigas, pero no como las que yo conozco que buscan restos de comida
y son inofensivas, estas tienen dientes, y muerden para inocularte el
veneno.
Me
monté en el coche, soñando con que la vieja Explorer me llevará a
la seguridad de mi casa en Sevilla, y el pié del acelerador, me
ardió, me quemó, me picó, me dolió: Dentro de la camioneta había
un multitudinario nido de hormigas, que se ensañaron con mi pie,
aprovechando la ventaja que le ofrecían mis sandalias.
Y
digo yo, si nuestros antepasados manipularon voluntariamente los
ciclos de la agricultura… ¿No podré hacer yo lo mismo con la
dichosa cadena alimenticia?
El
plan es el siguiente: divido a las ranas en dos grupos, las de dentro
de la casa que se coman a todas aquellas madres en busca del
desaparecido hijo, y las de fuera, los frutos de los hormigueros.
Luego las invito a pasar al porche, me escondo dentro y le silbo a
Chabela para que salga. Una vez haya dado buena cuenta de los
batracios, le lanzo un dardo paralizante, y llamo a los perros, para
que la despedacen como han hecho con el borrego, y con la pobre pava.
Así todos contentos, pero para ello necesito aprender idiomas.
Así
que, si alguna vez saben de mi muerte, no miren la causa en el parte
de defunción, no pregunten, me he muerto de asco.
Posdata:
¿Alguien sabe dónde venden trajes espaciales con escafandras?
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